16 enero 2012

La invasión de los mediocres

Luis del Val

El grave problema que tiene España no radica en su déficit presupuestario, ni en balance de sus entidades bancarias, yo diría que ni siquiera en el paro que, de aquí a un año, es posible que comience a disminuir de manera sensible. El inconveniente más terrible es una invasión de mediocres que se ha instalado en los sindicatos, en los partidos políticos, en las empresas privadas y en la Administración. Así, al pronto, parecen inofensivos, porque, claro, como son mediocres, no ocupan altos cargos de responsabilidad, pero están agazapados, repartidos entre los fundamentales mandos intermedios, y, desde allí, se dedican a torpedear proyectos, neutralizar el ascenso de personas más capaces que ellos, resistir pasivamente a cualquier innovación, y emplear todas sus fuerzas en que no cambie su propio estatus, que, como consecuencia, significa que no cambie nada.

El mediocre no es tonto, porque el tonto no se entera de nada. El mediocre tiene la suficiente inteligencia como para distinguir que existen personas mucho más capaces que él, y que le pueden birlar el injusto puesto en que se encuentra, y que está muy por encima de sus méritos.

El mediocre es adulador con el superior, servil con los jefes y cruel con los inferiores, pero de una crueldad envuelta en buenas maneras para que parezca que las trampas que él pone parezcan cosa del destino. El mediocre, mejor dicho, la invasión de mediocres que sufrimos en este país, retrasa el crecimiento, paraliza los avances, pudre las soluciones, impacienta a los perspicaces y fatiga a todo el mundo. Si queremos que España salga adelante hay que imponer una cacería del mediocre. O acabamos con ellos o lograrán que nos hundamos todos en la inmensa mediocridad, donde en la vulgaridad y la insignificancia generalizada, se mueven como peces en el agua.

15 enero 2012

La reforma laboral

La reforma laboral a debate, intervienen: Nicolás Redondo Urbieta, Antonio Gutiérrez, y Jesús Bárcenas. Un importante documento sonoro que a más de uno le puede hacer bajar a la Tierra, no hacemos comentarios, esos los pueden poner Vds.

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14 enero 2012

La deflación salarial

JUAN FCO. MARTÍN SECO
Un razonamiento va tomando fuerza. Los más audaces se atreven ahora a plantearlo abiertamente, y los demás, aunque no lo hagan de forma explícita, lo tienen muy en cuenta a la hora de implementar la política económica. Hasta el mismo Paul Krugmanha utilizado ese argumento a menudo. “En la Unión Monetaria, a los países en dificultades como España, al no poder devaluar, la única vía que les queda para recobrar la competitividad perdida es la deflación interior”.
Desde el stablishment financiero y económico -también desde el político-, el planteamiento se realiza de una manera más brutal y desnuda. Ante una situación como la de España, con elevado déficit y endeudamiento exteriores, solo caben tres alternativas: primera, devaluar la moneda, lo que resulta imposible mientras se forme parte de la Eurozona; segunda, salir de la Unión Monetaria; nadie sabe el camino y su coste, además, se prevé elevadísimo, y tercera, la deflación interior de precios y salarios, que tendría en el fondo un efecto similar a la devaluación.
Las fuerzas económicas se llenan de razón y concluyen, como si de un silogismo se tratase, que no cabe más solución que la planteada por la tercera vía, que en la práctica, dado que nos movemos en una economía de mercado -en la que, por supuesto, los precios no pueden ser intervenidos ni limitados los beneficios de los empresarios-, todo se reduce a disminuir salarios. De ahí que el Gobierno haya aprobado la congelación del salario mínimo interprofesional. De ahí también la presión que se ejerce sobre los sindicatos para que acepten en los convenios la congelación salarial, lo que representa una reducción del salario real; y de ahí por último la defensa de reformas laborales que depriman los derechos de los trabajadores y abaraten en consecuencia el coste de la mano de obra.
Desde el punto de vista de la teoría económica, el razonamiento parece bastante coherente. Fue uno de los motivos por los que algunos estuvimos en contra de la Unión Monetaria desde sus inicios. Preveíamos que en cuanto comenzasen las dificultades, que sin duda iban a surgir, el ajuste recaería sobre los trabajadores, y que la imposibilidad de devaluar la divisa, unida a la libre circulación de capitales, constituiría un arma letal en contra del Estado social y de los derechos laborales.
Pero pasemos de la teoría a la práctica. Lo primero a señalar, aunque sea únicamente por un prurito de exactitud y de rigor, es que existe una cuarta opción, consistente en crear en la Unión Monetaria una verdadera unión fiscal, al modo que se da en cualquier Estado moderno, una hacienda pública potente que al mismo tiempo que corrige las desigualdades entre los ciudadanos, minimiza los desequilibrios regionales que el mercado y la moneda única producen. Esta alternativa es, ciertamente, desechable por utópica, ya que los países ricos como Alemania nunca permitirán un flujo de recursos tan importante hacia los otros Estados. Pero no menos inviable resulta la tercera opción propuesta, que en realidad no representa ninguna solución, porque para que un país como España recuperase la competitividad perdida a lo largo de estos 10 años frente a Alemania y lograse equilibrar así su balanza de pagos sería necesario depreciar su moneda cerca del 20%. ¿Cuánto deberían reducirse los salarios para tener un efecto similar a esa hipotética devaluación que no puede realizarse al estar en la Eurozona? Es evidente que ni política ni social ni económicamente resulta factible tamaño dislate.
Por otra parte, parece que todo el mundo está empeñado en ignorar que son los precios y no los salarios los que determinan la competitividad exterior, y que el incremento de estos tan solo es relevante en cuanto influye en aquellos. Muy bien puede ocurrir que la evolución de los precios no siga a la de los salarios. Así ha sucedido en la última década en la que la retribución de los trabajadores ha perdido poder adquisitivo. En los momentos actuales, en plena crisis, casi en recesión, el ajuste de los salarios en España no está impidiendo que los precios continúen sufriendo incrementos superiores a la media de la Eurozona.
La deflación de los salarios, esa tercera opción fijada como la única posible en el discurso oficial, está muy lejos de constituir una verdadera solución. Lo único que se consigue con ella es castigar aún más a los trabajadores modificando la distribución funcional de la renta a favor del excedente empresarial y en contra de las remuneraciones salariales, al tiempo que se deprime aún más la economía y se genera paro. En realidad, las únicas alternativas reales consisten en que o bien se cree en la Eurozona una auténtica integración fiscal con una robusta hacienda pública común y un sistema de seguridad social integrado -lo que no parece muy viable- o que cada país retorne a su moneda, con los costes que tal situación puede comportar.

13 enero 2012

Se inicia el debate

Antonio García Santesmases *

En el debate que ha comenzado dentro del PSOE sobresalen dos elementos que conviene analizar con algún detenimiento. Uno se refiere a los procedimientos que se han aprobado para elegir el nuevo secretario o secretaria general del partido. El otro está vinculado a los elementos emocionales que se han puesto en marcha para ganar apoyos en una contienda, que se presume será muy dura, por el liderazgo de la organización
En los congresos tradicionales del Partido Socialista se daba una gran relevancia al análisis de la gestión de la Comisión ejecutiva saliente y a la elaboración de la nueva línea política que debía marcar los años siguientes. Estas dos tareas eran previas a la presentación de candidaturas a la dirección del partido, candidaturas que siempre eran colectivas.
En este modelo clásico de partido se daba una gran relevancia a la elaboración colectiva y se consideraba que la pluralidad de sensibilidades ideológicas, de plataformas de pensamiento y de corrientes de opinión, eran un elemento decisivo en la vida del partido. Esa pluralidad era la que marcaba la vida de la organización  a partir de la conexión con personalidades que encarnaban las distintas posiciones. El modelo acabado de este tipo de partido era el Partido Socialista Francés. En España las cosas fueron por otros derroteros a partir de mayo del 79.
Los delegados de aquel congreso querían a la vez aunar una línea ideológica de raíces marxistas con el liderazgo de Felipe González. El entonces secretario general se negó a secundar aquellas tesis ideológicas y los militantes del partido se vieron abocados a elegir. Optaron por olvidar a Marx y ensalzar a Felipe González. A partir de ese momento la combinación entre el liderazgo carismático de González y el dominio del aparato burocrático por parte de Alfonso Guerra permitió articular una dirección política que duraría muchos años. Fue una dirección marcada por dos etapas bien distintas: los años ochenta fueron años de acuerdo completo entre estas dos figuras del socialismo; desde enero del 91(con la dimisión de Alfonso Guerra como vicepresidente) hasta junio del 97 las trifulcas fueron continuas y al final los dos abandonaron conjuntamente la dirección del partido, en un clima sombrío donde nunca se llegaron a conocer con claridad los motivos de la divergencia.
Fue en junio de 1997 cuando, sorpresivamente, Felipe González decidió no presentarse a la reelección como secretario general del PSOE imponiendo a Joaquín Almunia como su sucesor. La falta de legitimidad de esta elección es la que provocó la convocatoria de unas elecciones primarias que ganó Borrell. El recuerdo amargo de la difícil convivencia entre el aparato del partido y el triunfador en las primarias provocó que el PSOE huyera, a partir de entonces, como gato escaldado de cualquier asomo de bicefalia. Era imprescindible asegurar la coincidencia en el liderazgo; la misma persona debía ser el líder del partido y el líder electoral.
Esta experiencia es la que está detrás de la elección de Zapatero. Zapatero no es elegido en primarias. Es elegido en un congreso como secretario general, dando todo el mundo por supuesto, que sería a la vez el candidato del partido a la presidencia del Gobierno.
Ante la convocatoria del congreso actual sorprende, por ello, que se insista repetidamente que sólo se está eligiendo al secretario general, que tiempo habrá para resolver la cuestión del candidato. Esta posición, sostenida por los que apoyan la candidatura de Rubalcaba, hace pensar que, aún triunfando en la actual pugna, podemos estar ante un liderazgo de transición. Quizás por la magnitud de la derrota electoral, quizás por la edad del candidato (en un país donde hasta Rajoy y todos nuestros presidentes del Gobierno llegaron muy jóvenes a la Moncloa) o quizás por ganar tiempo y no dar ninguna baza a su adversaria en la contienda actual, el hecho es que se acepta que unas primarias a la francesa serán las que elijan el candidato o candidata a la presidencia del Gobierno. Cómo compaginar este principio con las funciones tradicionales del partido (elaborar la línea ideológica, señalar las decisiones en la política cotidiana, seleccionar a los miembros de las candidaturas) es asunto que no está de ninguna manera resuelto. Las primarias llaman a la participación directa de los afiliados y ello ayuda a profundizar la democracia pero, a su vez, otorgan un enorme poder al vencedor en la contienda pudiendo dar lugar a comportamientos cesaristas poco controlables por una organización democrática. Por un lado fomentan la democracia desde abajo pero, por otro, refuerzan la deriva presidencialista que tantas consecuencias negativas tiene para la actual democracia parlamentaria.
La segunda cuestión de interés está conectada con los elementos emocionales que de pronto parecen haberse destapado. Elementos que han surgido desde el momento en que ha hecho su aparición la candidatura de Carme Chacón. Son elementos vinculados a su edad, a su condición de mujer y al hecho de pertenecer al Partido Socialista de Cataluña. Si alguno considera que la cuestión nacional está resuelta en España y los elementos identitarios no juegan ningún papel, le invito a pensar en lo dicho y lo escrito en los últimos días por candidatos y comentaristas.
El candidato Rubalcaba acude a Sevilla e invita a los militantes a reeditar el pacto entre Andalucia y Euskadi que tantos y buenos frutos dio, a su juicio, en el pasado. Por mor de aquel pacto, en el famoso Congreso de Suresnes (allá por el año 1974 del siglo pasado) los jóvenes socialistas andaluces (González y Guerra) se hicieron con el control del PSOE pactando con los vascos (Redondo y Múgica) con el apoyo de cuadros del exilio (Carmen García Bloise, Paulino Barrabés) y marginando a los socialistas madrileños (Bustelo, Castellano)
Todos los mencionados tuvieron grandes discrepancias en los años posteriores pero coincidieron en una; coincidieron en el hecho de que el PSC era otra cosa, era otro partido, alguien con el que había que convivir, con el que había que relacionarse, con el que no había más remedio que pactar, pero que no debería interferir en el liderazgo del PSOE; los socialistas catalanes eran otro partido. De ahí el enorme interés y la enorme importancia de la presentación de la candidatura de Chacón.
¿Se trata de resucitar, como dice Rubalcaba, el Pacto del Betis o es el momento de iniciar una nueva singladura atreviéndose a presentar una candidata mujer y catalana?
Ante la presentación en Almeria de la candidatura de Carme Chacón, inmediatamente se han lanzado a denostarla los que consideran que se trata de un montaje para camuflar y ocultar su catalanidad.
Unos dicen que camufla su auténtico ser y que, por ello, por más acentos plurales que reclame, es una nacionalista irredenta que se viste de andaluza para ganar la secretaría general del PSOE pero que a nadie puede engañar. Los hay que manifiestan compungidos que es muy de sentir, que no debería ser así, pero que las cosas son como son, y un catalán o una catalana no llegarán nunca a ser líderes en partidos de ámbito nacional.
Ante tales reacciones uno no puede sino preguntar qué nación es la que queremos construir, qué significa eso de “un proyecto donde todos los socialistas digan lo mismo en todos los territorios de España”. ¿Van a decir lo mismo en el País Vasco donde gobiernan gracias al pacto con el Partido Popular que en Valencia o en Madrid donde llevan años y años en la oposición? ¿Es la misma la situación la de Galicia que lo vivido en Andalucía? Los socialistas, pienso yo, que podrán y deberán defender la igualdad de derechos de todos los españoles pero a partir de ese denominador común es evidente que la diversidad cultural y lingüística exige que no se diga lo mismo en todos los sitios. Hay que vertebrar la nación pero una nación muy compleja con distintos sentimientos de pertenencia, y con identidades muy plurales.
La reacción, entre compungida y brutal, contra Chacón ha marcado el inicio del debate. La reacción mediática, sin embargo, no ha sido todo. El entusiasmo que ha suscitado su plataforma muestra que el arrojo y la valentía en política tienen su premio. Chacón ha dado un paso adelante y al darlo ha permitido que afloren emociones positivas que estaban latentes, ha permitido que la curiosidad por el debate iniciado se haya incrementado, y ha permitido que haya competencia hasta el final. Por todo ello merece el reconocimiento de muchos para los que el liderazgo de alguien que recoge la doble identidad catalana y española sería algo muy positivo para buscar un camino propio en el enmarañado mapa emocional en el que nos movemos.
Un camino distinto al del nacionalismo español conservador y al del nacionalismo catalán, al de esos nacionalismos que tanto esfuerzo desarrollan por asegurarse el monopolio de la realidad y de los sentimientos y que con tanta facilidad, sin embargo, pactan las políticas económicas. El camino que su candidatura anuncia abre una posibilidad al federalismo, a ese federalismo que algunos consideramos imprescindible para superar la polarización de los nacionalismos. ¿Lo entenderán así los delegados al congreso del PSOE?
(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED

01 enero 2012

Crisis económica y derrota socialista en España

CRISIS ECONOMICA Y DERROTA SOCIALISTA EN ESPAÑA
José Borrell Fontelles
CRISIS ECONOMICA Y DERROTA SOCIALISTA EN ESPAÑA
España sufre una grave crisis económica y el PSOE ha sufrido una grave derrota electoral. Para comprender cómo y por qué conviene analizar lo ocurrido en los últimos 10 años. Desde la introducción del euro y hasta el inicio de la crisis, España ha sido una de las economías más dinámicas de Europa. Con una tasa de crecimiento media en el periodo 2000-2007 del 3,6 %, su tasa de paro había descendido en julio del 2007 hasta el 8,2 %, la más baja de los últimos 40 años. Antes de la crisis, España era el alumno modelo de la clase de Maastrich, con un superávit público del 2,2 % y un endeudamiento por debajo del 40 % del PIB. Pero desde el 2007 se han perdido 2,4 millones de puestos de trabajo, la tasa de paro ronda el 22 %, el 44 % entre los jóvenes, la economía está estancada y, según Eurostat, España aparece como el cuarto país más desigual de la UE, solo por delante de Lituania, Estonia y Rumania. Las ultimas elecciones generales del pasado 20 de noviembre, más que una victoria del PP, que solo gana medio millón de votos, fueron una clara derrota del PSOE, que pierde 4,4 millones de votos por su derecha y por su izquierda. Ha sido el peor resultado (28,7 % de los votos) de los socialistas desde la recuperación de la democracia en 1978.
Entre las brillantes perspectivas del 2007 y la realidad de hoy, ha pasado el tsunami de la crisis. Las reformas progresistas de José Luis Rodríguez Zapatero impulsando los derechos sociales y las libertades individuales y su política exterior, retirando las tropas españolas de Irak y aumentando la ayuda al desarrollo, ya no han sido tomadas en consideración. Los ciudadanos están preocupados por la inseguridad económica, y desorientados por los bruscos cambios de política económica de un Gobierno que negó la crisis durante demasiado tiempo y no supo explicar las medidas que tuvo que tomar para hacerle frente.

La intensidad y la duración de la crisis, y sus dramáticos efectos sociales, tienen mucho que ver, sin duda, con los malos resultados electorales del partido socialista. Pero han sido también los errores en la gestión política de la crisis, sobre un fondo de descrédito de la política y de pérdida de contacto con las clases populares, sobre todo con la juventud especialmente castigada por la creciente precariedad laboral, los que han producido esa situación.

El primer error de los Gobiernos socialistas fue no haber intentado corregir antes las debilidades estructurales de la economía española y su insostenible modelo de crecimiento, basado en una hipertrofia del sector de la construcción y un excesivo endeudamiento privado. Lo reconocía el propio José Luis Rodríguez Zapatero y el derrotado candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba diciendo que su mayor error había sido no “pinchar” antes la burbuja inmobiliaria. Esperaban, como decía en un exceso de optimismo el Vicepresidente Pedro Solbes antes de su cese-dimisión, “un aterrizaje suave, desacelerando poco a poco la excesiva inversión en vivienda”. El aterrizaje suave ha sido en realidad un verdadero “crash”, acelerado por la crisis financiera internacional.

Los Gobiernos socialistas no hicieron gran cosa para controlar el crecimiento desbocado de la construcción. Más bien echaron leña al fuego de una dinámica especulativa, ideológicamente basada en la liberalización del suelo y financieramente sustentada por los bajos tipos de interés y las entradas de capital extranjero que el euro trajo consigo

Es cierto que fue el PP el que lanzó el proceso de desregulación urbanística que hizo posible la burbuja inmobiliaria. Pero a ello contribuyeron destacados miembros del partido socialista a los que José Luis Rodríguez Zapatero dio las mayores responsabilidades. El Gobierno socialista tardo tres largos años antes de modificar la Ley del Suelo, y para cuando lo hizo, el mal ya estaba hecho. A pesar de las voces que lo pedían, desde dentro y fuera del Gobierno, no solo no redujo los incentivos fiscales a la construcción sino que produjo una legislación fiscal especialmente favorable a las plusvalías inmobiliarias en plena burbuja especulativa.

Ese fue uno de los mayores errores de política fiscal de los socialistas españoles, contradiciendo su programa electoral de 2004, en el que se proponía volver a colocar las plusvalías a corto plazo dentro de la escala progresista del impuesto sobre la renta. En vez de eso, se completó la regresividad de la política fiscal del PP, haciendo que todos los rendimientos del capital financiero y las plusvalías inmobiliarias tributasen a un tipo proporcional muy bajo, del 18 %.

Así se llevaba a la práctica una política fiscal muy al estilo de la Tercera Vía blairista, que creía más en la reducción de los impuestos y en la disminución de su progresividad que en sus efectos redistributivos. Pasará a la historia la famosa frase de José Luis Rodríguez Zapatero: “bajar los impuestos es de izquierdas”, que no deja de ser sorprendente en un país que sigue siendo uno de los que tienen la presión fiscal más baja de Europa, como también es uno de los más bajos el gasto social por habitante.

Es cierto que el gasto social aumentó durante la primera legislatura 2004-2008 de José Luis Rodríguez Zapatero. Pero no fue financiado con aumentos estructurales de la recaudación ni de la progresividad fiscal, sino con el aumento de los ingresos provocados por el boom inmobiliario. La progresividad tributaria y la sostenibilidad fiscal disminuyeron, pero quedaron ocultas por un aumento de la recaudación que se detuvo bruscamente con la crisis.

Se crearon así las bases de un déficit estructural que explotó cuando la crisis detuvo en seco la actividad. La supresión del Impuesto sobre el Patrimonio, poco tiempo antes de tener que congelar las pensiones y reducir los sueldos de los trabajadores públicos, es el ejemplo más dramático de esas contradicciones fiscales. La pérdida de recaudación generada por la supresión de ese impuesto fue el doble de lo que se ahorraba congelando las pensiones. La supresión se decidió antes de que se fuera plenamente consciente de la gravedad de la crisis, pero la imagen del Gobierno quedó muy dañada por esas decisiones, que no eran la mejor manera de distribuir de forma equitativa los costes de la crisis.

Las reducciones o bonificaciones fiscales de tipo proporcional, como la decisión de distribuir a todos los contribuyentes por el impuesto sobre la renta un cheque de 400 euros, cualquiera que fuese su renta, para intentar aumentar el consumo y mantener la actividad económica, o la de fomentar la natalidad premiando con un cheque-bebé de 3.000 euros a todas las madres, cualquiera que fuese su renta, contribuyeron a disminuir la progresividad, no tuvieron efectos macroeconómicos y, sobre todo, aumentaron la sensación de injusticia fiscal.

En realidad, la crisis inmobiliaria reflejó las debilidades de la economía española y la insostenibilidad de su modelo de crecimiento. Prácticamente todo el diferencial de crecimiento entre España y el resto de la UE se debe al boom inmobiliario, que triplicó los precios de la vivienda y causó un insostenible aumento del endeudamiento de las familias, desde el 47% de su renta disponible en 1997 al 135% en el 2007. El déficit exterior llegó al 10% del PIB, pero eso no parecía preocupar a nadie ya que el euro había hecho desaparecer las restricciones exteriores que siempre habían acabado abortando el crecimiento de la economía española. Con el euro había desaparecido el riesgo de cambio, los capitales afluían y nos permitía endeudarnos a tipos de interés reales negativos.

En cambio, la inversión industrial era débil, la espectacular modernización del país no se traducía en el aumento ni la diversificación de las exportaciones ni de su contenido tecnológico. La productividad del trabajo no creció apenas durante 10 años (0,2% en media, versus 1,3% en Francia) consecuencia en parte de la especialización productiva en sectores, construcción y servicios, en los que no hay grandes aumentos de productividad. Ello, junto con los aumentos salariales mayores que la media de la zona euro, hizo que el país perdiera competitividad, expresada en su déficit comercial, pero enmascarada por el motor de crecimiento interno que era la construcción y la disponibilidad de financiación exterior.

Y así hasta que la crisis paralizó bruscamente ambos factores. El choque externo creado por la quiebra de Lehman Brothers redujo el flujo de capital extranjero, provocó una restricción del crédito que paralizó la economía real. El ajuste se realizo aumentando el paro, ya que un tercio al menos de los empleos eran temporales con costes de despido muy bajos o nulos.

Desde la oposición, los socialistas habían denunciado la insostenibilidad de ese modelo de crecimiento basado en el endeudamiento y la expansión del “ladrillo”. Propusieron cambiarlo, pero cuando se cabalga sobre una expansión que crea empleo y llena los cofres del Estado y de la Seguridad Social no es facil frenar para cambiar de rumbo.

Y además, cambiar de modelo productivo lleva tiempo. Cuando la crisis llegó, ya era demasiado tarde. La Ley de Economía Sostenible que pretendía impulsar ese cambio, muy a la manera española heredada del dirigismo francés, de hacer grandes Leyes que enuncian principios retóricos para cambiar realidades complejas, se convirtió en un recital de buenos deseos y medidas heterogéneas, impotentes para hacer frente al vendaval y las urgencias de la crisis.

José Luis Rodríguez Zapatero negó la crisis durante demasiado tiempo y tardó en darse cuenta de su gravedad. Estaba convencido de que España tenía el sistema financiero más sólido del mundo gracias a las provisiones anticíclicas que había exigido el Banco de España. Pero resultó que parte del sistema, en especial las Cajas de Ahorro, estaba seriamente dañado por la pérdida de valor de los activos inmobiliarios y la insolvencia de un numero creciente de familias altamente endeudadas y afectadas por el paro.

La primera respuesta a la crisis, durante 2008 y 2009, fue del tipo keynesiano, como en todas partes y según lo que la propia UE y el FMI aconsejaban. Pero el déficit creció muy rápidamente hasta el 12% del PIB, no tanto por el aumento discrecional del gasto sino por el juego de los estabilizadores automáticos vinculados al sistema de protección social, y sobre todo, la caída de los ingresos vinculados a la actividad de la construcción. A diferencia de Grecia, donde el déficit creó la crisis, en España la crisis creó el déficit.

Cuando la crisis cambió de naturaleza, desde una crisis de demanda que precisaba estímulos fiscales a una crisis de endeudamiento y de financiación exterior, la reacción fue lenta. José Luis Rodríguez Zapatero siguió proclamando que no reduciría sus políticas sociales hasta que en Mayo del 2010, bajo la presión de Bruselas y de los mercados, tuvo que imponer un severo plan de ajuste, recortando salarios públicos, congelando pensiones y subsidios y subiendo impuestos, sobre todo los indirectos. El incremento impositivo sobre las rentas altas y los rendimientos del capital fue solo simbólico, y no se repuso el impuesto sobre el patrimonio hasta días antes de las elecciones. El conjunto de las medidas fue percibido como un injusto reparto de los costes del ajuste, sobre todo porque al mismo tiempo se conocieron los sueldos, las indemnizaciones y las pensiones multimillonarias de los directivos del sistema financiero, especialmente de las Cajas de Ahorro en quiebra o en graves dificultades financieras.

Hay que decir que el PP intento en todo momento sacar ventaja electoral de la crisis, como ha hecho la derecha europea en Portugal y en Grecia. Votó en contra de las medidas de ajuste presentadas por José Luis Rodríguez Zapatero, que fueron aprobadas por un solo voto. Si hubieran sido rechazadas, como en Portugal, España hubiera debido acogerse a la ayuda europea, creando una situación mucho más grave para el país y para toda Europa.

Desde entonces, José Luis Rodríguez Zapatero hizo de la necesidad virtud y se convirtió en el mejor alumno de las medidas de austeridad y ajuste prescritas por la UE. Pero no fue capaz de explicar este cambio radical, percibido por buena parte de la opinión como una traición a sus principios, en pleno conflicto con los sindicatos por las reformas de las pensiones y del mercado de trabajo, que acabaron siendo inefectivas y que no contentaron a nadie.

Duras medidas de ajuste contradictorias con el discurso político anterior y con un Ministerio de Economía tecnocrático, incapaz de la pedagogía política necesaria, provocaron una fuerte caída de la confianza en el Gobierno. A ello se le sumo la desconfianza en la clase política provocada por casos de corrupción, aunque afectasen sobre todo al PP. El movimiento de los “ndignados”, ocupando pacíficamente las plazas de España, reflejó la frustración de una juventud sin futuro, los nuevos “ninjas” (no income, no job, no assets) de la sociedad española, con el agravante de que muchos de ellos tenían hipotecas que no podían pagar sobre unas casas que valían menos que lo que habían pagado por ellas.


El movimiento de los indignados o del 15-M, amorfo pero auténtico, plantea también importantes cuestiones acerca de la representatividad del sistema político español, basado en listas electorales cerradas y bloqueadas, sobre la calidad de la democracia, el funcionamiento de los partidos políticos y su apertura a la sociedad. Cuestiones que el partido socialista no se había planteado suficientemente y a las que tendrá que dar respuesta en la nueva etapa que ahora se abre.

En este contexto de crisis económica y contestación social, el PSOE perdió votos por los dos lados: sus votantes centristas pensaron que José Luis Rodríguez Zapatero estaba perdido en su laberinto, y que ni él ni Alfredo Pérez Rubalcaba tenían capacidad de responder a la crisis; y los situados más a la izquierda se sintieron decepcionados o traicionados por sus reformas y sus medidas de ajuste.

El tímido giro a la izquierda intentado durante la campana electoral carecía de credibilidad. Era demasiado poco y demasiado tarde por parte de alguien demasiado identificado con las políticas del Gobierno. No era posible a la vez criticar medidas parecidas, que fuesen a ser aplicadas por la derecha, y justificarlas cuando habían tenido que ser aplicadas por la izquierda.

Ahora el socialismo español se enfrenta, como en los demás países europeos, a la definición de políticas que hagan compatible equidad social y sostenibilidad ambiental con las exigencias de competitividad en un mundo globalizado, en una sociedad mucho más individualizada y frente a un sistema financiero más poderoso que los propios gobiernos. Lo único que es seguro es que la respuesta no puede ser nacional y que hay que encontrarla en la escala europea. Un terreno donde por desgracia tampoco el papel del PSOE ha sido muy relevante en los últimos años.
José Borrell Fontelles

En 2012 se puede armar

OPINIÓN

En 2012 se puede armar

MARCELLO
Cuidado con los cenizos que sólo pregonan desgracias y que se esconden en la crisis para olvidarse de todo lo demás. Cuidado con los políticos que se alejan de los ciudadanos en aras de una tecnocracia sin alma como la que los mercados están imponiendo en Europa, deslegitimando en muchos casos la voluntad popular y la soberanía nacional. Cuidado con los números sin rostro y con los desamparados, los jóvenes, los inmigrantes. Y más cuidado con la libertad, empezando por la de expresión. Mucho cuidado con todo esto porque están los nervios y las sensibilidades a flor de piel y porque en las “vacas flacas” ese discurso tan español de que “nunca pasa nada” se puede terminar.
Sobre todo si los poderosos y los que han abusado de su posición de poder político o fáctico pretenden continuar en los privilegios y en la impunidad o la inmunidad, como lo hemos visto en estos pasados años, mientras una gran mayoría de españoles empezaba a pagar el alto precio de la crisis en su trabajo, sus familias y en su entorno habitual. Ahí está el caso Urdangarin que ha rebosado el vaso de la paciencia y ha obligado a aplicar la ley y rectificar ciertos comportamientos inaceptables, como los de la corrupción, mientras el prestigio de la clase política y de las instituciones se desmoronaba ante los ojos de la ciudadanía que vive apiñada en una caldera de gas donde no cesa de subir la presión.
No puede pasar que financieros implicados en los escándalos o autores de quiebras se vayan de rositas y con indemnizaciones que se pagan luego con los fondos del FROB. O que los políticos encartados en disparates o en ruinosa gestión de la vida pública permanezcan en los cargos o no respondan ante nadie, ni ante la ley del daño causado. O que estos “artistas” del desastre, que han sido censurados en las urnas pretendan, seguir al frente de los partidos que ellos mismos han llevado a la derrota (como ocurre en el PSOE), o que huyan de sus cargos públicos para los que han sido elegidos (como ocurre en el PP), con un ahí queda eso. O que no dimitan ante su imputación por corrupción, ni sean expulsados de sus partidos como ocurre en muchas formaciones políticas.
Cuidado con todo esto porque las escopetas están cargadas por el diablo y la indignación de jóvenes y los mayores crece sin parar. Y porque ahora existen nuevas válvulas de escape informativas en Internet (frente a los obedientes y partidistas grandes grupos de comunicación) y porque, a pesar de la mayoría absoluta, hay más voces en esa cúpula de resonancia que es el Parlamento, y porque todo se sabe y se va a saber, y no se va a consentir que la mayoría absoluta sea un cheque en blanco ni la Moncloa un inexpugnable fortín. Ni tienen los nacionalistas un derecho de pernada sobre el Estado, ni las minorías pueden ser aplastadas por nadie.
Cuidado con la confianza, y el precedente, de que aquí en España nunca pasa nada porque si se juntan muchas cosas a la vez, y los planetas de nuestro incierto presente se ponen en fila, un día de estos el número de indignados llenará no solo la Puerta del Sol, sino todo el centro de Madrid y de otras ciudades de España y en ese momento se poder armar y entonces ya sería demasiado tarde para reconducir la situación. Elpueblo español es paciente y a la vez valiente y está decidido a luchar contra la crisis y el desánimo pero hay que contar con él, estar a su lado, escucharlo y ayudarlo desde la cercanía y desde todas las instancias de poder.
Publicado en Republica

18 diciembre 2011

Europa se equivoca de nuevo

Juan Francisco Martín-seco

Dice el antiguo adagio griego que aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco. Según esto, parece que los dioses se han puesto en contra de los pueblos europeos y conspiran para arruinarlos, ya que sus dirigentes han enloquecido. Buena muestra de ello es la última cumbre celebrada en Bruselas. Cuando el estancamiento, si no la recesión, se asoma a la economía de Europa los gobiernos por toda solución se confabulan para endurecer los ajustes y cerrar cualquier salida que no pase por el déficit cero.
La locura, la hybris, ha estado presente, al menos desde el Acta Única en todo el proyecto europeo. Sus dirigentes han intentado lograr lo imposible, al tiempo que trufaban de ideología neoliberal toda la teoría económica. En su soberbia, descalificaron las advertencias que venían del otro lado del Atlántico atribuyéndolas al miedo que causaba en EE UU una moneda europea capaz de competir con el dólar, y acallaron y despreciaron por todos los medios a su alcance las pocas voces que nos manifestamos contrarias en el interior, colocándolas en el saco de lo políticamente incorrecto, a pesar de que los razonamientos económicos más elementales indicaban que una unión monetaria sin unión política y fiscal a medio plazo estallaría llena de contradicciones.
En Maastricht y en todo el recorrido posterior se fijaron como objetivo, con el fin de construir la Unión Monetaria, la convergencia nominal entre las economías de los países, despreciando y pasando por alto la convergencia real, y, a la hora de diseñar un banco central, prestaron atención exclusivamente al control de la inflación y se olvidaron del crecimiento. La hybris una vez más les cegó y no percibieron que los fracasos de los dos intentos realizados para construir un sistema de cambios fijos (Serpiente Monetaria y Sistema Monetario Europeo) eran señales inequívocas de a dónde les podía conducir la Unión Monetaria si persistían en su error.
Llevados por el odio hacia lo público, en el mal llamado Pacto de Estabilidad y Crecimiento, atendieron únicamente al déficit y a la deuda pública, y no quisieron considerar que la variable importante –tal como entonces algunos ya dijimos- es el saldo de la balanza por cuenta corriente. Es el déficit y el endeudamiento exterior los que son peligrosos, bien tengan un origen público o privado.
Al crear en 1944 en Bretton Woods el sistema monetario internacional (sistema de tipos de cambio fijos), no tuvieron ninguna duda de que era el déficit de la balanza de pagos la variable relevante a efectos de mantener equilibrado el sistema. Keynes, con buen criterio, fue más allá y defendió que no fuesen únicamente los países deficitarios los obligados a las correcciones sino también todos aquellos que presentaban superávit, lo que sin embargo no fue aceptado por EE UU, país entonces con fuerte superávit en su balanza de pagos, pero que sí constituye un claro requerimiento a la actual Alemania.
Hoy, tímidamente, hay quien se atreve, incluso en las más altas instancias de los organismos comunitarios, a sugerir que el factor desestabilizador es el déficit de la balanza por cuenta corriente, aunque tales planteamientos, tal como se ha visto, no han tenido ninguna plasmación en la última cumbre en la que los mandatarios europeos continúan poseídos por la locura y, pese a la crítica situación en que se encuentra la eurozona, siguen impertérritos pendientes exclusivamente de la estabilidad presupuestaria, colocando más y más corsés a los países. Tal comportamiento solo puede producir un resultado: estrangular las economías. Y así lo están reconociendo los mercados.
La pasada reunión de jefes de Estado y de Gobierno se ha presentado como una ocasión decisiva en la que se jugaba el ser o no ser de la eurozona, y a pesar del triunfalismo con el que todos los gobiernos han revestido sus conclusiones, lo cierto es que no se ha dado ni un solo paso en la buena dirección, ni siquiera se acordó aquello que parecía más urgente y más inmediato y que podía calmar a los mercados, el anuncio de que el BCE estaba dispuesto a comprar toda la deuda soberana necesaria para equilibrar los tipos de interés.
Las medidas acordadas empeorarán aún más la situación de la economía y van a incrementar las contradicciones de la Unión Monetaria. A los Estados se les está privando de todo mecanismo de defensa. El mercado único les impide utilizar cualquier medida proteccionista frente a la invasión de productos extranjeros; el Acta Única, con la aceptación de la libre circulación de capitales, les veda la utilización de medidas de control de cambios; la Unión Monetaria les ha despojado de la moneda propia y por lo tanto de la posibilidad de devaluar la divisa, al tiempo que se les cierra el recurso a un banco central que les respalde. La situación de muchas de estas naciones es crítica y como única solución se les ofrece ahora un pacto por el que se les quita la capacidad de acompasar la corrección de sus déficits según las circunstancias y necesidades. A muchos de ellos, entre los que se encuentra España, se les está colocando una camisa de fuerza que ahoga sus economías y que ciega cualquier salida. Y todo ello sin que existan las contrapartidas necesarias: una Hacienda Pública única que pueda compensar los desequilibrios que el mercado único y la Unión Monetaria generan entre los distintos países. Se reclama a los Estados ceder soberanía, pero ¿a quién? ¿A organismos internacionales carentes de cualquier legitimidad democrática? ¿A Merkel y a Sarkozy? Es demasiado.

09 diciembre 2011

El discurso falaz de Merkel

Juan Francisco Martín Seco
Sarkozy, no contento con refundar el capitalismo, ahora quiere refundar también la Unión Europea. Echémonos a temblar. Algunas refundaciones dan miedo. Es mejor que nos dejen como estamos. Se ha puesto de moda afirmar que la Unión Monetaria no es viable sin unión fiscal, lo que resulta una verdad evidente. La pena es que muchos de los que ahora lo proclaman no lo hiciesen en su momento, antes de la creación del euro. Por ejemplo, Delors y todos los que componían el gobierno español cuando se aprobó el Tratado de Maastricht. Entonces ni siquiera se aceptó una armonización fiscal y, sin embargo, todos se mostraron exultantes y se conformaron con los raquíticos fondos de cohesión.
Me temo, sin embargo, que las palabras y el lenguaje se trastocan una vez más y se emplea la expresión unión fiscal de forma caricaturesca y distorsionada. Así lo hace, desde luego, la señora Merkel cuando la reduce al mero control del déficit público. ¿Cómo se puede hablar de unión fiscal si los países tienen sistemas impositivos totalmente diferentes, con exenciones, deducciones y tipos divergentes, y juegan entre ellos al dumping fiscal? Además, aun cuando se lograse la armonización, estaríamos muy lejos todavía de ser unión fiscal. La armonización debería haber sido un paso ineludible antes del Acta Única y de haber aceptado la libre circulación de capitales, pero resulta insuficiente tras la Unión Monetaria. Ante las divergencias en las economías reales y la imposibilidad de devaluar, se precisa una Hacienda Pública común capaz de asumir una adecuada función redistributiva entre las regiones, y un presupuesto comunitario cuantitativamente significativo equivalente al de cualquier Estado, con potentes impuestos propios y con capacidad para atender los gastos y las prestaciones sociales de toda la Unión.
Una verdadera unión fiscal es la que se ha realizado entre las dos Alemanias, por cierto financiada en buena parte por el resto de la Unión Europea. Claro que no es esta la unión fiscal que Merkel propone, ni la que está pensando para Europa. Nunca aceptaría una transferencia de recursos tan importantes entre países ricos y pobres como la que se seguiría de tal integración. Pero sin esta unión fiscal, la Unión Monetaria deviene imposible porque lo que ahora se está produciendo es una transferencia de fondos -quizá de cuantía similar- en sentido inverso, transferencia a través del mercado, opaca y encubierta, pero no por eso menos real. El mantenimiento del mismo tipo de cambio entre Alemania y el resto de los países empobrece a estos y enriquece a aquella; genera un enorme superávit en la balanza de pagos del país germánico mientras que en las de las otras naciones se genera un déficit insostenible. Se crea empleo en Alemania y se destruye en los demás países miembros.
En contra de lo que se cree, no son Alemania ni los demás países del norte los paganos de esta situación. No han avalado por un euro más que lo que les corresponde proporcionalmente a su tamaño, es decir, exactamente igual que Francia, España, Italia, Bélgica, etc. A los países rescatados (más que rescatados, hundidos) tales como a Grecia, Irlanda o Portugal, tampoco se les ha regalado nada, se les ha prestado el dinero a un tipo elevadísimo, y todo ello a cambio de perder la soberanía popular y por la única razón de que el BCE, por la presión de Alemania, no actúa como un verdadero banco central.
No, Alemania no es la pagana, sino la beneficiaria y receptora de fondos. En primer lugar, porque, gracias a tener atados de pies y manos a los otros países, se está financiando a un tipo privilegiado, que tiene como contrapartida las altas tasas de interés que los demás tienen que pagar. En segundo lugar y principalmente, porque, al mantenerse fijo el tipo de cambio, la economía alemana gana competitividad mientras que el resto de los países la pierden. Los problemas no provienen de los dispendios y derroches de los países del sur como quiere hacer ver la canciller alemana, sino de las implicaciones previsibles de un proyecto contradictorio e insensato, la Unión Monetaria.
Lo que resulta más sorprendente es la postura de los gobiernos del resto de los países comenzando por Francia, que han asumido, en una especie de síndrome de Estocolmo, los planteamientos alemanes que conducen a sus economías al abismo; y aun más sorprendente si cabe la de todos esos comentaristas españoles que dicen ponerse en el lugar de Alemania y mantienen la tesis de la prodigalidad de los países del sur. Lo menos que se puede decir de los bancos españoles, irlandeses o italianos es que han actuado de forma irresponsable, pero no más que los alemanes o los franceses.
Publicado en Republica

02 diciembre 2011

Proyecto, personas y estatutos. Ante el próximo Congreso Federal del PSOE

Julio Rodríguez López [1]

 Las elecciones generales  del  20 de noviembre  y los resultados de las mismas son ya historia. La victoria del Partido Popular y el ascenso de Mariano Rajoy a la presidencia del gobierno se deben sobre todo al abrupto retroceso del  15% en  los votos obtenidos por el  PSOE respecto de 2008,  4,3 millones de votos menos.  El voto socialista retrocede en España  desde las elecciones autonómicas de Cataluña del otoño de 2010. Nada garantiza que se detenga la tendencia a la baja de dicho voto, como viene sucediendo desde hace tiempo en  las comunidades autónomas de Madrid y Valencia.  Un resultado tan adverso exige cambios  importantes en el PSOE, tanto en el proyecto (que  es lo que se quiere para la sociedad)  como  en los dirigentes (quien  va a defender dicho proyecto).
  Junto a la crisis económica, que se  prolonga desde el verano de 2007,  abundan  las razones que han conducido al resultado electoral de los socialistas españoles en  2011. Es evidente que el retroceso del empleo y el aumento del paro, la perdida de nivel de vida y, sobre todo,  la presencia de unas expectativas pesimistas  de futuro,  no favorecen al partido en el gobierno. La calidad de la gestión de la crisis económica, que se hizo más rigurosa desde mayo de 2010,   y el tratamiento de la cuestión territorial,  aparecen como algunos de los más destacados “puntos débiles” de la actuación del gobierno socialista entre 2004 y 2011.
  Para hacer frente al futuro, para frenar la citada hemorragia de votos, para contribuir al mejor gobierno de España, el PSOE debe de embarcarse en algo más que en un simple cambio de líder. El nuevo liderazgo deberá de acompañarse de un programa  político sustancialmente actualizado.  El proyecto socialdemócrata debe de contar con un  amplio movimiento político detrás  y no quedarse en  un simple referente  vacío de contenido.  Los socialistas deben de establecer canales más fluidos de comunicación con la sociedad. Se debe de prestar atención  no solo al proyecto, sino también al propio partido, del que depende de forma sustancial  la forma bajo la cual se defiende el proyecto ante la sociedad.  
 La realidad de la globalización ha supuesto un aumento general de la competencia a nivel mundial. Una amplia oferta de mano de obra ha llegado a los mercados de trabajo, lo que supone un reto creciente a las condiciones de vida de amplios estratos de población en los países desarrollados. La realidad del cambio medioambiental pone de manifiesto la dificultad de resolver el problema económico mediante el logro de mayores ritmos de crecimiento. Es evidente que  las circunstancias han cambiado, que deben de actualizarse los instrumentos de gobierno. Sin embargo,  los objetivos tradicionales de los socialdemócratas, especialmente la igualdad en la libertad, no han variado, lo que habrá que tenerse en cuenta a la hora de actualizar el proyecto. Un gobierno socialista debe de comprometerse a invertir la fuerte tendencia actual hacia la desigualdad.
   Se ha dicho que el  programa electoral  de 2011 debe de servir de base al nuevo proyecto del  partido  socialista. Es evidente que dicho programa incluye textos aprovechables para  dicha finalidad. Sin embargo, una cosa fue el proyecto dinámico que defendió el candidato socialista, Alfredo Pérez  Rubalcaba,  en las pasadas elecciones,  y  otra cosa es el contenido efectivo del  programa en cuestión.  Este último  puede no ilusionar a futuros votantes socialistas, al   dejar  sin respuesta  a numerosos problemas que ahora se dejan sentir en España. Ejemplos de lo anterior son las soluciones a la cuestión de las ejecuciones hipotecarias  a los hogares en España, la conveniencia de clarificar el papel del Instituto de Crédito Oficial (ICO)  como agencia financiera del gobierno,  ante la creciente concentración bancaria que va a tener lugar,  lo poco funcional que resulta el hecho de que el gobierno de España no tenga nada que decir en materia de planeamiento territorial.
  Sin ir muy lejos,  en la vecina Francia, a título de ejemplo, las decisiones más relevantes en  materia de urbanismo se deciden en  una dirección general del gobierno de París.  Resulta sumamente difícil  en España impulsar el cambio de modelo productivo dejando en manos de los 8.200 ayuntamientos, corregidos por las autonomías,  la decisión sobre el destino del suelo. El proyecto socialista  tiene que tocar dicha cuestión, ausente del programa electoral citado.
Conviene asimismo clarificar las ideas ante la difícil situación del proyecto europeo. Desde el verano de 2011 la situación de la Eurozona se ha complicado de forma sustancial. La especulación de los mercados  contra la deuda pública se ha extendido  a la deuda de Italia y España. El gobierno alemán insiste en que la crisis de la deuda pública  de la Eurozona es una cuestión de escasa voluntad política de los gobiernos para hacer las reformas imprescindibles. Pero  la introducción de programas de ajuste presupuestario, de forma más o menos simultánea en un conjunto significativo de países,  puede conducir  a un serio estancamiento de la economía de la Eurozona.
 Nada que objetar a los posibles candidatos al puesto de secretario general del PSOE que están en la mente de todos. Pero no estaría de más que apareciese algún candidato adicional. Es importante que tales candidatos expliquen qué  proyecto de gobernanza tienen  para España. Por otra parte, desde septiembre de  1979,  a los congresos federales del PSOE acuden militantes del partido resultantes de una elección de segundo nivel. Los militantes socialistas eligen primero en las agrupaciones delegados a los denominados “congresillos” provinciales, de los que salen elegidos los delegados definitivos al congreso. Dicho proceso favorece la presencia de los dirigentes que controlan las estructuras provinciales y regionales del partido, lo que facilita el continuismo general. Esta forma de elección de delegados, que se aprobó en el  Congreso Federal de mayo de 1979, debe de actualizarse, favoreciendo la elección por parte de  todos los militantes  y simpatizantes socialistas. 
[1] Julio Rodriguez López es militante de la Agrupación Socialista de Pozuelo de Alarcón (Madrid) desde 1976.