18 marzo 2013


Algunas verdades contra el 


euro

JUAN FCO. MARTÍN SECO
Son tantos los tópicos que se manejan en referencia a la Unión Monetaria (UM) y tan extensa y profunda la intoxicación reinante en esta materia que resulta muy conveniente recordar, aunque sea de manera simplificada, algunas verdades básicas sobre ella:
1) La UM, en contra de lo que nos aseguraban sus apologistas, no garantiza la convergencia en las tasas de inflación de los distintos países. Desde la constitución de la UM en 1999 hasta 2008, los precios se incrementaron en la Eurozona como media un 22%, pero siguieron en los distintos países miembros una tendencia desigual. Mientras que en Alemania crecían un 17,42%, en España, Grecia, Irlanda y Portugal lo hicieron en un 34,28%, 35,55%, 35,72%, 30,33%, respectivamente. Es decir, los precios de los productos españoles se encarecieron con respecto a los alemanes en un 17%.
2) La imposibilidad de devaluar la moneda, y dada la diferente evolución de los precios, hizo que unos países, los del Sur, perdieran competitividad, mientras que los del Norte la ganaban. Los primeros fueron incrementando progresivamente su déficit exterior y los segundos, su superávit. En 2008 el déficit de la balanza por cuenta corriente de España se situó en el 10% del PIB. Alemania, por el contrario, presentó un superávit del 6%.
3) El crecimiento económico de Alemania se ha fundamentado en sus exportaciones. Hasta el inicio de la crisis España, Grecia, Portugal, etc. lograron crecer gracias a endeudarse en el exterior. Alemania les prestaba el dinero para que comprasen sus productos. La economía germana (a través de sus bancos) logró colocar el dinero proveniente del excedente de su balanza de pagos en las hipotecas subprime norteamericanas, y en préstamos a los bancos de los países del sur de la Eurozona.
4) La crisis en los países del Sur no se origina por una expansión desenfrenada del gasto público, ni por un déficit y un endeudamiento públicos excesivos. El porcentaje del PIB que absorbe el gasto público de estos países es de los más bajos de toda la Eurozona, y las cuentas públicas españolas, por ejemplo, terminaban 2007 con un superávit del 1,9% del PIB y un stock de deuda pública de un 36% del PIB, casi la mitad que Alemania (66,7%).
5) La crisis se desencadena cuando los bancos europeos, principalmente del Norte, alarmados porque una parte muy importante de su activo se ha convertido en papel basura (hipotecas subprime, etc.) se preguntan si el enorme volumen de créditos concedidos a los bancos griegos, españoles, irlandeses, portugueses, italianos, no correrá la misma suerte. Los préstamos se interrumpen y el mercado interbancario casi deja de funcionar.
6) El déficit en la balanza de pagos que ya no pueden financiar y la necesidad de refinanciar las deudas precedentes hunden a los países del Sur en el estancamiento y la recesión.
7) La UM constituye una enorme trampa para los países deudores que se han hipotecado en una moneda, el euro que, si en teoría es la suya, en la práctica no la controlan, puesto que su emisión y control se ha entregado a un organismo, el Banco Central Europeo, independiente políticamente y por lo tanto democráticamente irresponsable.
8) Las políticas que el BCE y los países acreedores (sobre todo Alemania) imponen a los países deudores, lejos de conducirles a la recuperación, les empujan más y más por la senda del desempleo y la recesión. Además, tienen por único objetivo el reembolso de los créditos a los bancos del Norte, aun a costa de someter a las poblaciones a toda clase de sacrificios.
9) La UM tampoco logra, tal como pronosticaban sus defensores, la convergencia en los tipos de interés. Los países del Sur pagan intereses dos, tres o diez veces superiores que Alemania u Holanda, lo que crea una situación incompatible con el mercado único y la misma UM.
10) A corto plazo, los grandes beneficiarios de la UM son los países acreedores, especialmente Alemania. A largo plazo, sin embargo, es posible que todos salgamos perjudicados.
11) La imposibilidad de devaluar la moneda (corrección en el orden monetario) traslada el ajuste al campo real de la economía en forma de recesión y paro. Los gobiernos de los países deudores plantean como única alternativa lo que llaman la “deflación competitiva”, es decir, la contracción de los salarios. A este objetivo van encaminadas muchas de las medidas recomendadas por Berlín, Frankfurt y Bruselas.
12) La devaluación monetaria modifica los precios interiores frente a los exteriores, pero deja intacta la relación interna de precios (incluyendo los salarios) y, en consecuencia, la distribución de la renta. Es neutral. Esto es, empobrece a todos por igual o, mejor dicho, no empobrece a nadie, simplemente desmonta el espejismo de un enriquecimiento anterior ficticio.
13) La llamada devaluación competitiva, al no modificar a la vez el precio de todos los productos y servicios (incluyendo los salarios), cambia la distribución de la renta, pudiendo llegar a enriquecer a unos y empobrecer a otros, y desde luego en distintas cuantías. Desde 2000, la remuneración de los trabajadores ha pasado de absorber el 50% de la renta nacional a hacerlo en un 45%, mientras que el excedente empresarial (beneficios y rentas de capital) seguía el camino inverso, del 45% al 50%.
14) Es muy dudoso que la deflación competitiva pueda sustituir a la devaluación monetaria. Al margen de la iniquidad y de los enormes costes sociales que comporta, no hay ninguna garantía de que la contracción salarial se traduzca en disminución de precios y, en cualquier caso, no minorará el endeudamiento exterior tal como lo hace la depreciación de la moneda.
15) Una unión monetaria únicamente puede funcionar si va acompañada de una integración presupuestaria y fiscal como la que mantiene cualquier Estado, o como la que se aplicó entre las dos Alemanias y de la que Europa carece totalmente. Alemania nunca lo consentirá, porque ello implicaría una enorme transferencia de recursos de los países ricos a los pobres, al igual que las que se producen entre las regiones de cualquier país. Basta ver que el presupuesto comunitario apenas alcanza el 1% del PIB conjunto de todos los países.
16) Cuando Merkel o la oligarquía europea hablan de la unión fiscal emplean el concepto de manera torticera pues se refieren tan solo a un pacto para limitar el déficit público. Nada tiene que ver, por tanto, con la creación de una verdadera hacienda pública comunitaria.
17) Dentro de la UM hay escasas esperanzas de superar la crisis económica, pero si en algún momento y por esos caprichos de la economía apareciesen los brotes verdes, para enjuiciar el euro no deberíamos olvidar en qué situación quedaríamos. Una democracia intervenida, el Estado social gravemente dañado y por encima de nuestras cabezas una espada de Damocles, puesto que en cualquier próxima perturbación, las medidas a tomar volverían a ser las mismas e irían contra los asalariados y contra los servicios públicos y los gastos de protección social.

30 julio 2012

EN RECUERDO DE GREGORIO PECES BARBA

Ética, poder y derecho (I)
30 DE JULIO DE 2012

Antonio García Santesmases *

 He preferido dejar pasar unos días antes de escribir sobre Gregorio Peces Barba. He preferido hacerlo así para tener tiempo para volver a leer algunos de sus trabajos y para sumergirme en su último libro, en un libro que, como ocurre tantas veces, había comprado y amontonado a la espera de tener tiempo para leerlo con sosiego. Me hubiera gustado haberlo leído en vida de Gregorio y haber preparado, como habíamos quedado cuando publicó su obra Educación para la ciudadanía, una conversación en profundidad en el programa de radio Revista de Filosofía, que coordino en la UNED con el profesor Francisco José Martínez. No ha podido ser. La muerte ha llegado antes y por ello tengo un sentimiento de frustración por no haber podido discutir personalmente las reflexiones que me suscita su último libro Ética, Poder y Derecho, una obra que viene a resumir, a hacer balance de sus trabajos de más de cincuenta años en torno a la Filosofía del Derecho y del Estado. Un balance que también aparece en la conversación que Peces Barba mantuvo con el profesor José Antonio Pérez Tapias en el ciclo El Intelectual y la memoria organizado por la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. La conversación se puede escuchar por Internet.

En esa conversación larga y distendida recuerda Peces Barba su infancia como hijo de un vencido en la guerra civil y rememora la decisión de su padre de elegir el Liceo Francés, un colegio que no fuera de frailes ni de falangistas. Son muchos los momentos en los que elogia el sistema educativo francés, vinculado a los valores de la República laica, que le permitió no quedar atrapado por las condiciones del nacional-catolicismo. Su padre evitó que cantara el Cara al Sol y pudo, sin embargo, cantar la Marsellesa.
El hijo de un vencido en la guerra civil, estudiante en el Liceo Francés, amante de la laicidad, inicia su militancia política antifranquista desde el pensamiento democristiano. En esta conversación, al igual que en otras obras del autor como La democracia en España (1995) o La España civil (2005) ha reconocido Peces Barba el papel determinante en su formación política e ideológica de Joaquín Ruiz Jiménez. Estamos en el mundo de los años sesenta y Ruiz Jiménez va a configurar desde el mundo del humanismo cristiano una de las plataformas más importantes de resistencia frente al franquismo. La perspectiva democristiana se implicará en muchas de las batallas contra el régimen desde una plataforma ideológica plural, como fue la revista Cuadernos para el diálogo, en la que confluirán democristianos, socialistas, comunistas y liberales.
Cuadernos ocupará un espacio muy importante en la lucha contra la dictadura con otras iniciativas como Triunfo y en relación con las  grandes personalidades del pensamiento de izquierda: José Luis Aranguren desde el cristianismo heterodoxo; Manuel Sacristán desde el comunismo y Enrique Tierno Galván desde el socialismo.
En aquel mundo en plena ebullición intelectual, en el que proliferan distintas lecturas del marxismo y del cristianismo, son muchos los que intentan articular una nueva lectura del cristianismo desde la perspectiva de un encuentro, de un diálogo, entre cristianismo y marxismo. Pensemos en teólogos como José María Díez AlegríaJosé María González Ruiz o en políticos como Alfonso Carlos Comín que llegará a formular la tesis de que hay que ser cristianos (en el Partido Comunista) y comunistas (en la Iglesia Católica). Esa posición, cercana a la Teología Política de J.B. Metz o a la Teología de la Liberación latinoamericana, va a influir en el movimiento de Cristianos por el Socialismo, algunos de cuyos miembros más destacados como Manuel Reyes Mate, acabarán en el Partido Socialista, previa militancia en la Federación de Partidos socialistas.
No va a ser esta la opción de Peces Barba. En la entrevista con Pérez Tapias aparece su alejamiento a esta combinación entre cristianismo y marxismo que previamente había intentado el Frente de Liberación Popular en España. Peces Barba sigue otro camino. A partir de mitad de los años sesenta se va alejando del mundo democristiano y se va acercando al espacio socialista. En esta evolución influye una figura intelectual esencial para su evolución. Alguien a quien Peces Barba considera un maestro; me refiero al profesor Elías Díaz. Es Elías Díaz el que le alienta en la necesidad de abandonar el iusnaturalismo sin caer por ello en un positivismo irrestricto. Es Elías Díaz también el que le acompañará en el descubrimiento del socialismo liberal que han representando en la cultura política italiana Norberto Bobbio y Renato Treves.
El planteamiento de Elías Díaz, de Bobbio, de Treves, conecta con el esfuerzo por recuperar la tradición del socialismo humanista que en España había encarnado Fernando de los Ríos. Estamos pues ante una apuesta intelectual de gran rigor y complejidad que no es suficientemente conocida en nuestro país; y ello por varias razones que convendría analizar. En primer lugar porque desde el campo de la izquierda de gobierno se ha tendido a identificar liberalismo con liberalismo económico. Desde la socialdemocracia liberal se ha apostado por un proyecto de apertura al poder económico privado, a las virtudes de la economía de mercado, a la lógica del mundo empresarial. Pensemos en la enorme relevancia de las grandes figuras de los gobiernos socialistas de los años ochenta y noventa que son al final capturados por el poder económico privado, por los consejos de administración de las grandes empresas y de los centros financieros.
El socialismo liberal de Fernando de los Ríos o de Norberto Bobbio, el socialismo en el que bebe Gregorio Peces Barba, está abierto a figuras del pensamiento liberal como Francisco Ayala oJuan Marichal, a figuras del mundo republicano como Manuel Azaña y naturalmente está vinculado al influjo de la Institución libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos. Es pues un proyecto liberal, muy distinto al que propugna el liberalismo económico y que está emparentado con una de las grandes preocupaciones de Peces Barba, con la apuesta por una España laica. Esta España civil choca frontalmente con el nacionalcatolicismo y con los vencedores de la guerra civil y ahí tenemos la segunda razón de su carácter minoritario en España. Es cierto que trata de reaparecer tras la caída de la dictadura. Trata de reaparecer pero no lo logra del todo. En muchos artículos de prensa ha insistido Peces Barba en que si hay una asignatura pendiente en España se cifra en asentar con firmeza, con claridad, con valentía, el principio de laicidad. Como saben los interesados por estos asuntos existe un debate filosófico-político acerca del carácter de nuestra constitución: ¿estamos ante un Estado laico o ante un Estado aconfesional?; ¿qué lugar deben jugar las confesiones religiosas en este Estado?; ¿es tarea del Estado jugar un papel protagonista en el mundo educativo?; ¿hay que apostar por una educación en valores promovida por el Estado democrático?
Muchas de estas cuestiones han sido analizadas por Gregorio Peces Barba en sus escritos. Repare el lector en que un hombre universalmente reconocido por su moderación, por su capacidad para el acuerdo y para el consenso ha encontrado el rechazo, sin embargo, de los sectores más intransigentes del mundo confesional. Si la campaña que sufrió cuando aceptó la tarea de dar apoyo a las víctimas del terrorismo fue encarnizada no ha sido menor la virulencia de muchos sectores católicos integristas que no han perdonado que insistiera en que estaba pendiente una regulación clara de la laicidad en España. Para Peces Barba los acuerdos con la Santa Sede son formalmente posconsitucionales ( fueron aprobados pocos días después del referéndum de la constitución del 78) pero son materialmente preconstitucionales y por ello no entendía cómo era posible que tras 14 años del gobierno de Felipe González, y tras los siete años del gobierno de Zapatero, no se hubiera renegociado la validez de estos acuerdos. El último congreso del PSOE, a instancia de Izquierda socialista, ha aprobado la necesidad de proceder a la revisión de los mismos.
Esta apuesta de Peces Barba por la laicidad estaba fundada en una lectura crítica del papel de la Conferencia episcopal española a lo largo de estos años. Una crítica que le ha valido aparecer como anticatólico furibundo. A los que así piensan hay que decirles que la crítica a la institución eclesiástica la realiza Peces Barba desde una filosofía favorable a la modernidad, a la secularización, a la laicidad, a la tolerancia y en la que el Estado debe tener un papel protagonista en el proceso educativo, si queremos conformar una ciudadanía democrática. Una filosofía que él se encarga de recalcar no es anticristiana.
Todas estas cuestiones disputadas aparecen recogidas y fundamentadas en estas diez lecciones sobre Ética, Derecho y Poder que forman su obra definitiva, en la que trata de sintetizar la reflexión de más de cincuenta años sobre el Estado y el Derecho. De ello hablaremos en un próximo artículo.
* Antonio García Santesmases es  catedrático de Filosofía Política de la UNED.

29 junio 2012

El imperialismo de la economía


        Antonio García Santesmases*
                      Es conocida la afirmación de Ortega de que el gran problema para la filosofía de su tiempo venía del imperialismo de la física. Ortega hablaba así en 1.929: “ … la vida intelectual ha padecido durante casi cien años lo que pudiera llamarse  el terrorismo de los laboratorios. Agobiado por tal predominio el filósofo se avergonzó de no ser físico. Como los problemas genuinamente filosóficos no toleran ser resueltos según el modo el conocimiento físico, renunció a atacarlos, renunció a su filosofía contrayéndola a un minimum, poniéndola humildemente al servicio de la física”
                    Invito al lector a que sustituya Física por Economía y Filosofía por Ciencias sociales y podrá observar hasta que punto el Tema de nuestro tiempo( por seguir con Ortega) es el absoluto predominio de los economistas a la hora de analizar los problemas sociales. La diferencia entre la atención que la opinión pública, y la opinión publicada ,dedica a la opinión de los expertos en política económica  frente  a las reflexiones aportadas por sociólogos, politólogos, o historiadores  es realmente impresionante. No se puede decir que los medios no dediquen atención a las consideraciones de todos estos científicos sociales pero su aportación es minúscula en contraste con los juicios que emiten las distintas escuelas del pensamiento económico. Por este camino no es extraño que la crisis económica vaya unida a una crisis de confianza que va aumentando por momentos. No es ya que no se acabe de ver la  fiabilidad científica de la economía es que, aun en el supuesto de que el diagnóstico gozara de credibilidad, se ha perdido toda perspectiva global a la hora de enjuiciar los problemas.
            El lector de los medios asiste apabullado a una cantidad ingente de información acerca de la competitividad económica, el déficit, la prima de riesgo, la deuda pública, la política fiscal, los eurobonos, la reserva federal, o el rescate. Pasada la avalancha económica, pasa a las páginas de sociedad donde se encuentra a menudo con un cantante, una actriz, o un novelista, al que se pregunta acerca del mundo actual y de los valores que lo rigen. De la avalancha económica pasamos a una efusión sentimental incontrolada donde los artistas más variopintos dan cuenta de sus buenos sentimientos, y muestran su repulsa al mundo existente, sin ofrecer- como es natural-  ninguna  salida a la situación.
               Entre los economistas que imponen la doctrina y los artistas que dan rienda suelta a sus sentimientos se encuentra los políticos  que ya no saben  que decir porque lo único claro es que lo que dijeron  ayer ya no vale hoy; que las promesas con las que ganaron  las elecciones deben ser olvidadas para atender a las nuevas obligaciones impuestas por los mercados. Entre el imperialismo “científico” de los primeros, la efusión sentimental de los segundos y la impotencia de los terceros se está produciendo, ante nuestros ojos,  un cambio de época donde día a día se está naturalizando el espanto.
               Como éste se va difundiendo por doquier, como ya no hay quien pueda negar las consecuencias sociales del paro, la pérdida de la cobertura de desempleo, el copago sanitario, la subida de las tasas académicas, el aumento de la pobreza o el incremento de la exclusión social, asistimos a una ultima forma de imperialismo : los mismos que no fueron capaces de predecir la crisis, los que se acomodaron al dictado de los mercados, se lanzan a hablar de todo lo que no saben, con absoluta y total alegría. Uno no  sabe si admirar más su prepotencia o su ignorancia.
                  Así tenemos a sesudos economistas   escribiendo  que estamos a un paso de volver a los años treinta; al día siguiente otros economistas  nos comunican que hay que despedirse definitivamente del Estado nación y de la soberanía, para concluir con los que afirman  que el sueño europeo se ha esfumado definidamente y  que hay que aceptar que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.
                     Si el que hablara, en lugar del economista imperial, fuera un  historiador medianamente sensato  probablemente nos diría que hay grandes diferencias entre un mundo en el que  el comunismo era una amenaza para el orden liberal y un mundo en el que el capitalismo se ha quedado sin enemigo. Por tanto argüir que estamos en una situación parecida a la de los años treinta, sin tener en cuenta este dato fundamental parece una afirmación cuando menos arriesgada:  ¿cómo vamos a repetir el siglo de los extremos si uno de los extremos ha desaparecido?
                  En relación al Estado y a la soberanía cualquier politólogo solvente  nos diría que es difícil pensar que pueda subsistir la democracia si se transfieren la soberanía a un orden económico no democrático. La democracia dentro del Estado nación es limitada, escasa o reducida, pero  fuera, hoy por hoy, es inexistente. Por ello asumir, sin más, el diagnóstico del   economista imperial  que nos habla de la necesidad de abandonar cualquier ilusión de autonomía en un mundo globalizado, significa simple y llanamente cavar la propia tumba.
                Vayamos con el tercer mensaje; un mensaje  que nos repiten un día sí y otro también: “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” La pregunta de cualquier sociólogo es obvia: ¿quién ha vivido de una forma desmesurada?; ¿todos?; ¿ unos más que otros? Cualquier analista social  trataría de contestar a esta pregunta analizando la evolución de la riqueza y de la pobreza en el mundo actual. Estaría interesado por  conocer el incremento patrimonial de grandes propietarios que lanzan al paro a profesionales, empleados y trabajadores porque, a su juicio,  “tenían unos salarios que no eran competitivos”. Cuando escucho esta retórica siempre recuerdo a un antiguo ministro de economía que afirmaba, sin sonrojo, que, tal como estaban las cosas, al servicio público sólo se podrían dedicar los más tontos de la promoción ya que sus salarios eran muy inferiores a los percibidos en el sector privado.  Sin embargo esos tontos forman parte de ese todo que   ha vivido por encima de sus posibilidades.
                   Por ello  es imprescindible revertir esta situación y por ello  recomiendo al lector que no acepte el imperialismo de una ciencia tan problemática como la economía y  que  combatan su hegemonía  por pura salud mental. ¿Cómo? Exigiendo a los medios que consideren que la solvencia  intelectual de los economistas para hablar del Estado, de la soberanía, de los años treinta o del futuro de la civilización es similar a la que tienen las otras ciencias sociales para hablar de los intrincados problemas económico-financieros. Nadie pregunta a un antropólogo por la Reserva Federal norteamericana. No se entiende por qué se permite hablar a muchos economistas de todo lo que ignoran.
                     Al revertir la situación ganaremos en profundidad y en complejidad. Y evitaremos la  situación lamentable de una vida política donde se  repiten    los dictados de los grandes expertos. Se pide a los políticos que lideren pero ¿cómo van a temer capacidad de liderazgo  si  van perdiendo la  conciencia histórica, al  estar  colonizados por la inmediatez?
                      Volvamos a Ortega para concluir.  Ortega hablaba de la aurora de una nueva razón, de la razón histórica que permitiría ver que lo que hoy tenemos por eterno es mudable, y ya que el hombre no tiene naturaleza tiene historia. ¿No sería bueno pensar en qué momento histórico nos encontramos y ubicarlo en un relato más complejo, más matizado, más profundo de lo que ha significado el siglo veinte?
                      Si el terrorismo de los laboratorios había condicionado la ciencia y el pensamiento del siglo diecinueve y había hecho contraerse a la Filosofía, la contracción que se está produciendo  de las ciencias sociales es tan brutal que o luchamos contra este nuevo imperialismo o al final las peores predicciones se harán realidad y desaparecerán  la democracia, el Estado nación y la soberanía, los derechos económico-sociales y las garantías laborales, las conquistas civilizatorias y los nuevos derechos de ciudadanía y todo ello ocurriría porque  vamos naturalizando el espanto.
                     Es imposible  que una reacción a este imperialismo de la economía  pueda venir única ni principalmente del mundo de la política.  Sólo con un nuevo saber científico-social será posible entender lo que nos pasa y salir de esta situación donde  estamos paralizados ante la eventualidad aciaga de lo que nos puede pasar.
                     Cuando uno no puede tomar  directamente una  colina debe dar un rodeo y comenzar dando la palabra a la filosofía y a  las otras ciencias sociales.                 
.                                                 Antonio García Santesmases
                                                Catedrático de Filosofía Política de la UNED.
                  

27 mayo 2012

Del Rey a Botín, ¿por qué en España siempre mandan los mismos?


Alberto Mendoza
Los españoles están acostumbrados a ver las mismas caras al frente de instituciones, partidos, empresas y bancos a lo largo de las últimas décadas. La percepción de estancamiento o falta de renovación parece haberse acentuado con la dura y prolongada crisis económica, los problemas que afronta la nueva generación de emprendedores, así como con el surgimiento de nuevos movimientos de protesta como el 15-M. En lo más alto, figuras como el Rey, Emilio Botín, Francisco González, Mariano Rajoy o Alfredo Pérez Rubalcaba ocupan la actualidad informativa desde hace lustros, pero la movilidad social tampoco funciona adecuadamente en los cuerpos de la Administración, la empresa privada o en el mundo de la cultura.
Un rápido repaso a la élite política y económica muestra que los nombres más representativos están próximos a la jubilación y llevan años ocupando puestos clave de responsabilidad. Botín llegó a la presidencia del Santander en 1986, pero antes ya era director general; González, presidente de BBVA, era presidente de Argentaria en 1996; en 1982, Isidro Fainé ejercía como subdirector general de La Caixa; Rubalcaba era secretario de Estado en 1982 y Rajoy, presidente de la Diputación de Pontevedra en 1983.
La crisis de credibilidad ha afectado ya de lleno a la Corona, después de que su papel durante la Transición frenara cualquier aproximación crítica al Rey. Don Juan Carlos ha tenido que pedir perdón, en un gesto sin precedentes, por su viaje a cazar elefantes a Botsuana, mientras en el seno de su familia afronta divisiones personales, así como la investigación judicial por la presunta corrupción de su yerno, Iñaki Urdangarín. Esta acumulación de reveses, junto con su mala salud, han hecho surgir también especulaciones en torno a su posible abdicación, tras 37 años en el trono. La respuesta, para el escritor y periodista Guillem Martínez, autor del ensayo CT o La Cultura de la Transición, hay que buscarla en la decadencia de ese modelo: “El Rey ha perdido la protección cultural de la que disponía. Ahora todos sus movimientos están expuestos”.
Los más ricos
Un vistazo a la lista de los más ricos de España también revela la pervivencia de nombres ya clásicos como Florentino Pérez, Alberto Alcocer, Alberto Cortina, Alicia Koplowitz o Juan Abelló, aunque en los últimos años ha destacado la irrupción de figuras como Amancio Ortega,Isaak Andic o Juan Roig. En el panorama de los medios, Juan Luis Cebrián es el referente de Prisa desde 1988, pero antes dirigió El Paísdesde su fundación en 1976. José Manuel Lara sucedió a su padre en 2003 al frente de Planeta, y Pedro J. Ramírez, hoy al frente de El Mundo, era director de Diario 16 en 1980.
Otro buen ejemplo de la previsibilidad española es la evolución del IBEX 35 desde su creación. Quince de las treintaicinco empresas que estaban el 31 de diciembre de 1991 se mantenían en enero de 2011. Además, según los datos recogidos en el estudio Rentabilidad y creación de valor del IBEX 35, de los profesores de IESE Pablo Fernández, Javier Aguirreamalloa yLuis Corres, cinco compañías clásicas (Telefónica, Santander, BBVA, Iberdrola y Repsol) constituyen el 65,49% del valor total. Y de las nuevas, solo Inditex supone un peso destacable en el conjunto.
"En la administración pública existe una nobleza de Estado"
Pero en ámbitos más anónimos, el inmovilismo parece también arraigado en la sociedad española. En la administración pública se ha detectado “la existencia de una nobleza de Estado”, que supone que “el 20% de los nuevos miembros de estos cuerpos cuentan con un pariente cercano en alguno de los altos cuerpos de la administración”. Así se sostiene en el estudio Altos Funcionarios, ¿Una nobleza de Estado?, elaborado porManuel Bagüés (Universidad Carlos III) y Berta Esteve-Volart (York University), dentro de la monografía publicada por Fedea Talento, esfuerzo y movilidad social.
“Hallamos evidencias consistentes sobre la existencia de nepotismo: en dos de las tres oposiciones para las que disponemos de información sobre la puntuación en pruebas de tipo test, los parientes obtienen en los ejercicios orales resultados mejores de lo que cabría esperar con arreglo a su puntuación en las pruebas de tipo test”, señala la investigación, aunque deja la puerta abierta a que la causa sea que los parientes sean mejores en los ejercicios orales que las pruebas tipo test.
En conjunto, España no es precisamente un modelo de movilidad social, es decir que existen menos probabilidades que en otros países de que un niño pobre acabe siendo un adulto rico. Como sostiene José V. Rodríguez Mora (University of Edinburgh y Pompeu Fabra) en la citada monografía de Fedea, “la movilidad intergeneracional es una señal del grado de salud de una sociedad. Señala la calidad de asignación de recursos. Cuanto menor es el grado de movilidad, más probable es que la asignación de talento en la sociedad sea ineficiente”.
De acuerdo con la OCDE, nuestro país está muy por detrás de Dinamarca, Austria, Noruega, Finlandia, Canadá, Suecia o Alemania, pero, sorprendentemente o no, España puntúa mejor que Francia, Estados Unidos o Italia. Sin embargo, este organismo recuerda que la educación y entorno socioeconómico de los padres sigue teniendo en España una influencia decisiva para el futuro salario de sus hijos, así como la propia educación de los niños, principal canal de ascensión social en nuestra sociedad.
Cambio de patrón cultural
El mundo de la cultura también parece resistirse a los cambios, y no solo porque Paquito Chocolatero sea una de las canciones que más derechos de autor genera cada año a la SGAE. Para Guillem Martínez, España está viviendo un cambio cultural que acaba con la Cultura de la Transición. A su juicio, durante ese periodo histórico se lleva a cabo la “desproblematización” de la cultura, generando un entorno de cohesión y unión en torno al nuevo proyecto político. “Sin ese cambio cultural los Pactos de la Moncloa hubieran sido imposibles”, indica. “La originalidad española es que el Estado es el creador de marcos, define qué es democracia o qué es violencia”, prosigue.
Además, recuerda Martínez, España gasta más en cultura que Francia, Alemania o Estados Unidos, de modo que es el Estado, desde el Gobierno central a los ayuntamientos, el que establece cuál debe ser el canon y cuáles los artistas. Una política de premios y subvencione que choca con los nuevos medios de consumo de la cultura. Según este analista, la explosión del 15-M ha supuesto un punto de inflexión para el cambio, ya que “el sistema no fue capaz de describirlo”.
“Se trató de tipificarlos como antisistema, radicales, pero acabó por denominarlos indignados, algo que no quiere decir nada, pero que recoge la incapacidad para nombrarlos. Es un cambio cultural, y los periodistas comenzaron a usar otros parámetros culturales para describir esa realidad, que está fuera de los partidos políticos y de las comunidades autónomas”, explica. A su juicio, en el futuro, si el Estado acaba por perder el monopolio cultural, “los políticos tendrán que hacer política y los profesionales de la cultura deberán defender sus puntos de vistas, pero ya no habrá mitos de unidad, sino diversas culturas en competencia”.
Publicado en El confidencial

21 mayo 2012

Hollande: ¿un tiempo nuevo?

Juan Antonio Barrio de Penagos

El clamor por una política de inversión, crecimiento y empleo parece haber llegado hasta Ángela Merkel por fin. Ya antes del triunfo de Hollande, se declaró a favor de una “Agenda del Crecimiento”, con un papel mayor del BEI (Banco Europeo de Inversiones).

Pero es la victoria de Hollande la que puede hacer que esto no quede en simples buenos deseos, o en jaculatorias para ocultar la política suicida (Krugman dixit) del “todo austeridad”.

Dada su importancia, debería analizarse con cuidado lo que significa la nueva situación francesa. Antes que nada, la posible implosión del principal partido de la derecha francesa, la UMP. La deriva de Sarkosy –creciente entre las dos vueltas- hacia las posiciones de la extrema derecha puede tener consecuencias gravísimas. En primer lugar parece haber contribuido a la banalización – a la “desdiabolización”- del FN de Marine Le Pen, que incluso parece dispuesta a cambiarle el nombre al partido para hacerlo aún más “aceptable”. Este partido ha sido impulsado por un voto de protesta más fuerte en zonas rurales y periurbanas, que en zonas urbanas (por ejemplo, su voto en París está muy por debajo de la media). Aunque algo suavizado por la hija de Le Pen, sigue siendo un partido de posiciones xenófobas y racistas. Lo malo, es que de cara a las legislativas, algunos del partido de Sarkozy pueden extremar sus posiciones favorables al pacto con ese partido y otros todo lo contrario. Y lo peor es que la fuerza del FN en las presidenciales (17,90% de voto) podría permitir, si se repitieran los resultados, la presencia masiva de candidatos de ese partido en la segunda vuelta (hasta en 359 circunscripciones). Si esto condujera a triangulares (derecha, izquierda y extrema derecha) la mayor parte de esas circunscripciones (47 sobre 79 en 2007) serían probablemente para la izquierda, lo que podría reforzar la tendencia a la ruptura interna de la derecha.

No hay que olvidar, sin embargo, que hay un poso de protesta socioeconómica (el FN fue la primera fuerza en el voto de obraros no cualificados) al que hay que dar respuesta, si se quiere reducir la fuerza populista de ese partido. Es decir, no se trata sólo de extremismo racista y xenófobo, entenderlo así sería un error.

Otro factor de importancia a considerar es el encaje de otras posiciones de izquierda junto al ganador PS. Y muy preferentemente el Frente de Izquierda de Jean Luc Melenchon. Algunos acuerdos previos para la primera vuelta (con apoyo a candidatos comunes en algunas circunscripciones) podrían facilitar los tradicionales desistimientos a favor del candidato más votado en el resto de circunscripciones para la segunda vuelta.

Todo esto no es sólo política interna de Francia; es junto a la fragmentación parlamentaria resultante de las elecciones griegas, a las elecciones anticipadas en Holanda y a las elecciones generales alemanas de 2013, política europea. Y quizás una primera respuesta al gran debate: ¿se puede confrontar a los mercados con una posición europea conjunta?, ¿se puede forzar una política de suavización de la austeridad e impulso del crecimiento a escala europea?, ¿o es ya demasiado tarde y la suma de la inflexibilidad de Merkel y el chantaje de los mercados harán inviable cualquier cambio digno de tal nombre? La respuesta no es una cuestión teórica: afecta como mínimo a cientos de millones de europeos.
Publicado en El Siglo

26 marzo 2012

La ruptura del pacto social

MANUEL DE LA ROCHA | 23/marzo/2012
Nuestro país se incorporó tarde al proceso de construcción del Estado de Bienestar. El atraso económico y la dictadura impidieron que España participara de lo que se llamó el “pacto keynesiano” que tras la Segunda Guerra Mundial alcanzaron en Europa la izquierda y la derecha, socialdemócratas y democracia cristiana, y que incluía como elemento central la presencia de sindicatos fuertes y el reconocimiento de la negociación colectiva como instrumento frente a la desigualdad en las relaciones de producción, llegando en algunos países hasta la “cogestión” en las empresas.
En España, el franquismo había eliminado a los sindicatos, sometiendo a los trabajadores a la dictadura del capital y aquel pacto no pudo llevarse llevó a cabo hasta la Constitución de 1978, consensuada entre la derecha y la izquierda,  que constituía a nuestro país en un “Estado social y democrático de Derecho” (Art.1.1), en el que los sindicatos son pilares inexcusables para la defensa de los intereses de los trabajadores (Art.7), garantizándose el derecho a la negociación colectiva y a la huelga (Arts.37.1 y 28.2).
Sobre esta base común los sucesivos gobiernos de la transición fueron promoviendo las leyes básicas reguladoras del conflicto social, fundamentalmente el Estatuto de los Trabajadores y la Ley Orgánica de Libertad Sindical (LOLS), buscando un equilibrio entre capital y trabajo cuyos elementos centrales eran la libertad de mercado y de empresa, la negociación colectiva como vía de regulación de las condiciones de trabajo y la mejora progresiva de la situación de los trabajadores. Contemplando, además, la participación de los sindicatos en distintas funciones y órganos del Estado, para garantizar el “salario social”: pensiones, sanidad, educación, vivienda, etc.
Ese pacto social ha quedado drásticamente truncado con la reforma laboral aprobada por el Gobierno del PP, con una profunda ruptura del equilibrio en las relaciones de trabajo, imponiendo un cambio de modelo que otorga a los empresarios un poder de disposición sobre salarios y condiciones de trabajo como no tenían desde el franquismo.
Ante todo la reforma  pretende una generalizada devaluación salarial.  El Gobierno, al no poder recurrir a la devaluación monetaria, opta por una mejora de la productividad del sistema sobre las espaldas de los trabajadores vía disminución de los costes laborales. Son muchas las medidas que con este objetivo se incluyen: la  prioridad absoluta en materia salarial del convenio de empresa, cuya razón es simplemente la bajada generalizada de salarios; la facultad que se otorga al empresario para que unilateralmente reduzca los salarios, sean pactados colectivamente sea en contrato individual; la rebaja radical del coste del despido, de 45 días a 20 días, además de la rebaja en el tope máximo de 42 mensualidades a un año; la desaparición de los salarios de tramitación en la declaración judicial de improcedencia del despido; y la eliminación de la autorización administrativa en los EREs, que la exposición de motivos impúdicamente justifica precisamente para que no se pacten indemnizaciones  superiores a 20 días año.
Todo ello implica un inmenso traspaso de rentas de los trabajadores a los empresarios, de miles de millones de euros, sin negociación ni compensación alguna. Más aún, con expreso desprecio por el Gobierno al pacto de moderación salarial incluido en el Acuerdo suscrito por sindicatos y patronal el 25 de enero pasado.
El segundo objetivo de la reforma es debilitar la posición de los trabajadores disminuyendo ostensiblemente las posibilidades de acción colectiva de los sindicatos. La derecha histórica española siempre ha estado enfrentada al movimiento sindical, salvo en la primera fase de la transición. Ahora de nuevo el PP y sus acólitos mediáticos han centrado su batalla  contra los sindicatos UGT y CCOO, a quienes consideran enemigos, quizás “de clase”, y como no pueden eliminarlos como hizo la dictadura, se busca desprestigiarlos ante los trabajadores y la ciudadanía, y quitarles poder como sujeto colectivo en las relaciones laborales, para individualizarlas.
Muchas son las vías. En mi opinión la más importante es eliminar la capacidad de sindicatos y empresarios para articular y estructurar la negociación colectiva, al dar prioridad en todos los casos al convenio de empresa, promoviendo su negociación sin presencia sindical, y devaluando los convenios de sector, que tienden a homogeneizar las condiciones de trabajo, defienden mejor a los trabajadores y evitan el dumping social; eliminando la ultraactividad de los convenios colectivos, de forma que por el transcurso de dos años desde el fin de su vigencia sin haberse pactado uno nuevo, todos los derechos que reconocía a los trabajadores, salariales, de jornada, etc,  resultado de años de negociación y lucha, “decaen”, se pierden y tienen que volver a negociarse en su integridad. La posición empresarial se ve así reforzada de forma absolutamente extrema, pues les será mucho más fácil alcanzar sus propuestas simplemente con que transcurra el tiempo, que juega siempre a favor del empresario.
La tercera pieza, vinculada a las anteriores, es el desproporcionado incremento del poder empresarial en todos los ámbitos de la relación de trabajo. Desde aspectos aparentemente menores, como la desaparición de las categorías profesionales, hasta el poder modificar las condiciones de trabajo alegando simplemente razones económicas “relacionadas” con la competitividad  o la productividad, sin prácticamente control judicial; el abaratamiento del despido y la facilitación de sus trámites; los descuelgues de los convenios sin acuerdo;  el incremento a un año del período de prueba en los nuevos contratos para emprendedores, con despido libre y gratuito; incluso la limitación de los derechos de las mujeres para conciliar el cuidado de sus hijos.
Nada hay que intente equilibrar, aunque sea mínimamente, los grandes recortes económicos y de derechos que se producen. El Gobierno alega que esta reforma posibilitará la creación de empleo, pero paradójicamente el propio Gobierno anuncia que este año se producirá un incremento de 630.000 nuevos parados. Esta reforma va a empobrecer a trabajadores y clases medias  y generar muchos despidos. Y con el draconiano ajuste fiscal de este año y del próximo, veremos cuántos nuevos parados generará la política del PP en el 2013.
Nunca desde el franquismo los derechos de los trabajadores habían sido tan duramente recortados. El ministro Guindos, en aquella escena en la que sumisamente informaba a sus jefes europeos sobre lo que estaban planeando, habló de una reforma “extremadamente agresiva”. Los trabajadores van a defenderse de esta agresión extrema y sin precedentes. Está en juego el futuro del Estado social.
Manuel de la Rocha Rubí es abogado laboralista y exdiputado del PSOE
Publicado en El Plural

19 marzo 2012

Democracia y privilegio

Antonio García Santesmases*

Ante la convocatoria de la  próxima huelga general se ha suscitado un debate acerca del lugar de los sindicatos en nuestra sociedad, un debate, sin duda, importante pero que amenaza con velar el auténtico problema de fondo: el modelo social que configura la reforma laboral que propone el gobierno. Por ello propongo al lector deslindar, desde el principio, los dos temas. Una cosa es la función de los sindicatos y otra la importancia del Derecho del trabajo a la hora de conformar una sociedad democrática.
Comencemos con el primer asunto. Los sindicatos convocan una huelga general que ni es la primera ni será la última. Una huelga general que tiene, sin embargo, unas características especiales. La huelga general del 14 de diciembre de 1988 se realizó en plena hegemonía del socialismo y marcó la  ruptura dentro de la entonces llamada familia socialista, una ruptura que marcaría para siempre las relaciones personales entre Felipe González y Nicolás Redondo. Estábamos en una época en la que el Partido Popular estaba bajo mínimos y en la cual, muchos medios conservadores, atribuían  al sindicalismo el papel de auténtica oposición ya que era capaz de  recoger las  demandas de la calle, olvidadas por la soberbia económica y política de una elite político-económica dispuesta a ser débil con los fuertes y fuerte con los débiles.
Aquélla fue la huelga más relevante de los años de gobierno de Felipe González, una huelga que se saldó, tras una negociación posterior,  con un gran éxito para los sindicatos; habían logrado parar el país, habían conmocionado a la opinión pública y fueron capaces de recoger el sentido de aquellas movilizaciones en un conjunto de conquistas para trabajadores, funcionarios y pensionistas.
Todo el que recuerda estos hechos  se asombra cuando escucha que las huelgas no tienen ninguna repercusión positiva, son inútiles, son ineficaces y no conducen a nada. Por recordar otra huelga con éxito no hay sino que pensar en lo ocurrido con el gobierno de José María Aznar y el destino que tuvieron los ministros Aparicio y Cabanillas tras el éxito de los sindicatos en la primavera del 2002.
Es igualmente cierto, sin embargo, que hay momentos en que las huelgas  no cambian los designios de los gobiernos. Pensemos en la huelga contra la reforma laboral de enero del 94 o en la huelga del 29 de septiembre del 2010. Se fueron aprobando reformas laborales que nos han llevado a la situación actual. La situación se puede resumir en algo que los sociólogos nos llevan advirtiendo durante años: no estamos asistiendo a un aburguesamiento del  proletariado, estamos ante una proletarización de sectores importantes de las clases medias. Este es el quid de la cuestión.
Estamos ante un  asunto de tal gravedad  que no es extraño  que se incrementen los miedos, las angustias, los agravios, y que se propicie  un caldo de cultivo donde se busca desesperadamente un responsable de todo lo que ocurre. Hay que decir que la búsqueda ha sido fructífera, parece que se ha hallado un chivo expiatorio: los auténticos responsables de lo que ocurre son los sindicatos. Es hora de ponerlos en su sitio, de demostrar a la opinión pública quien manda, y de no ceder ante sus reivindicaciones. Es el momento de ser firmes, de utilizar, si es menester, los aparatos policiales y de controlar los medios de comunicación estatales. Nadie es invencible. Sólo hay que tener determinación. Margaret Thatcher lo entendió así y supo encarar el combate con decisión reduciendo el poder de los sindicatos británicos. Mariano Rajoy no debe ser menos. Si es preciso debe llamar a lo  ciudadanos corrientes  a manifestarse para apoyar al gobierno y mostrar que la calle es de los que ganaron las ultimas elecciones generales.
Todo este conjunto de iniciativas muestran que estamos ante una huelga muy distinta a las anteriores. Aquellas huelgas marcaron puntos de inflexión en el 88 y en el 2002; ahora estamos ante el inicio de un conflicto social que nadie sabe como se va a desarrollar. Por el momento la derecha conservadora tiene un gran control de los medios de comunicación y sólo está preocupada por limpiar Televisión española de lo que denomina restos del zapaterismo. Con ese fuerte control ideológico nos encontramos con una opinión pública de izquierda que se tiene que refugiar en los medios digitales para poder contrarrestar la avalancha ideológica que trata de culpabilizar a las organizaciones sindicales de todo lo que ocurre. Para conseguir ese objetivo es imprescindible ganar la batalla ideológica y transformar el sentido de  las categorías que utilizamos para entender la realidad social.
Por utilizar una sola de esas categorías, que hay que recomponer para transformar su significado, recomiendo al lector que observe como se utiliza la categoría de privilegio. Durante decenios el privilegio se entendía como  el poder que emana de una herencia aristocrática y que permite a  los detentadores de ese  poder perpetuar su riqueza sin esfuerzo laboral alguno. Distinto es el privilegio de la clase burguesa que permite acumular  un capital industrial o financiero; este privilegio se asienta en una desigualdad que hay que ganar día a día a través de la lucha de clases.
Ese mundo de la aristocracia del antiguo régimen y de la burguesía capitalista fue  combatido por el movimiento obrero desde mitad del siglo XIX. A través de una lucha denodada por conquistar el sufragio universal en lo político y por asentar organizaciones sindicales en lo social, se fue consiguiendo que los sectores privilegiados se vieran forzados a pactar las condiciones laborales, el régimen salarial y la duración de la jornada laboral. Esa fue la gran aportación del Derecho del Trabajo. Se fue así fraguando un modelo de Estado en el que los derechos económico-sociales se extendieron al conjunto de la población y las oportunidades de vida se abrieron para todos. Para alcanzar ese modelo social hubo  que soportar dos guerras mundiales, vivir la experiencia del Fascismo y del Nazismo, hasta llegar a construir  un modelo de democracia que fuera atractivo para  los trabajadores ante la experiencia alternativa de los países del Este. El sistema se legitimaba afirmando que no era necesaria la revolución para poder alcanzar la dignidad en el mundo del trabajo y la igualdad de oportunidades para  el conjunto de la sociedad.
Desde hace años todo este universo comenzó a cambiar y los sectores conservadores se dieron cuenta de que el privilegio hoy sólo es posible para unos pocos, cada vez para menos y que los derechos no se pueden mantener. Había  que cambiar la lógica del debate social. Había  que oponer a los pobres con los nuevos pobres, a los excluidos con los trabajadores en activo, a los parados con los sindicalistas, a los padres con empleo con los hijos abocados al precariado. Una pieza esencial en este combate era mostrar que los derechos que tienen los que están dentro del sistema son “privilegios” que no se pueden mantener. No son derechos que ha costado mucho conseguir y que hay que preservar. No se trata pues  de incluir al que está fuera sino de lanzar al abismo al que está dentro.
Durante mucho tiempo se hablaba de la capacidad del capitalismo para integrar al proletariado a través del consumo de masas. Los proletarios de la sociedad industrial avanzada sí tenían algo que perder. No estaban abocados a la pauperización. Eran ciudadanos y consumidores; y por ello se  iban aburguesando paulatinamente ya que ellos mismos se vivían como clase media.
Hoy todo ha cambiado. Ya nada es seguro. Nadie sabe si el esfuerzo educativo conduce al empleo, si las pensiones están garantizadas, si se podrá mantener el sistema sanitario, si nuestros hijos vivirán como nosotros. Ante tal incertidumbre, ante tal angustia  los sectores conservadores han logrado  difundir la idea de  que los auténticos responsables de lo que ocurre son los cancerberos del mercado laboral, los responsables son  unos sindicalistas  que sólo tratan de defender sus privilegios y a los que los trabajadores reales  poco o nada importan.
Hay que decir que la difusión de esta idea puede acabar por imponerse y esta es una de las cosas que se juega en la próxima huelga general; mientras no se logre  mostrar a la opinión pública quienes son los auténticos privilegiados la batalla está perdida. Recomiendo al lector para empezar este trabajo que rescate una imagen reciente: en unas jornadas económicas  el  propietario de un gran medio de comunicación recibe obsequioso al presidente del Gobierno, acompañado por el presidente de una gran caja de ahorros. La imagen es inigualable. Juntos Bankia (Rato) y el grupo Prisa (Cebrián) acompañados por el cerebro económico de la CEOE (Iranzo) arropando a Rajoy.  Eran la viva imagen del privilegio económico influyendo en las decisiones del poder político.

Rodrigo Rato, Mariano Rajoy, Juan Luis Cebrián y Juan Emilio Iranzo (de izquierda a derecha), el pasado 6 de marzo, antes de participar en el Encuentro Financiero Internacional. / bankia.com
Han pasado días desde aquella foto y observo, con asombro, que nadie habla de los auténticos privilegiados, que la catarata mediática sigue centrada en intentar convencernos de que los auténticos privilegiados son los  sindicalistas, esos sindicalistas que quieren mantener unos privilegios que de una vez por todas hay que erradicar. La operación es clara: blindemos a la minoría auténticamente privilegiada y echemos a pelear a todos los demás.
(*) Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED.